SÚPLICA ARDIENTE

Oración de San Luis de Montfort para pedir Misioneros a Dios

 

PRESENTACIÓN

 

«LIBEROS»

 

 

San Luis de Montfort, descubrió en su relación profunda con Dios, la gran necesidad que tiene el ser humano de ser libre para alcanzar la felicidad plena, para encontrarse a plenitud con quien da esa felicidad: Dios. Por ello, cuando ruega a Dios para pedir misioneros, en una oración llena de fuego –la Súplica Ardiente (SA)–, pide que sean estos hombres libres: LIBEROS. Por tanto, es digna de ser acogida esta intuición del fundador al pensar en la animación y promoción vocacional de los jóvenes y demás personas para que acojan la llamada que Dios hace a servir en su Reino, de manera totalmente libre.

 

Así, pasado un tiempo de su ordenación sacerdotal, san Luis María de Montfort deseaba “una pequeña compañía de sacerdotes” dedicados a la predicación de misiones a los pobres, bajo el estandarte de la Santísima Virgen. Pasados los años, aumenta sus esfuerzos para que haya candidatos capaces de tan noble tarea, pero lo hace de la mano de la Santísima Trinidad, componiendo esta preciada plegaria sobre el final de sus años y que lleva el nombre de “Súplica Ardiente” o también conocida como la Oración Abrasada, la cual es reflejo profundo de su relación con Dios desde lo más íntimo de su corazón. Esta oración describe el espíritu que envuelve a todo verdadero “apóstol” de los últimos tiempos, como lo deja entrever en el Tratado de la Verdadera Devoción (Nos. 35,45-58) y que se proponga seguir a Jesucristo, Sabiduría Eterna de Dios Padre, de manera radical en la plena vivencia de su Bautismo.

 

En esta plegaria, San Luis emplea la palabra LIBEROS como una expresión que llena de sentido el corazón juvenil y de cada ser humano cuando comienza a reflexionarse, a encontrarse consigo, a conocerse, a pensar su vida en serio de acuerdo con su propio espíritu y manera de ser. Así, el P. de Montfort, en su oración se pregunta refiriéndose a Dios: “¿Qué te estoy pidiendo?”, cuestionamiento que cada uno de los responsables de la formación juvenil puede hacer a Dios respecto de sí mismo y respecto de los chicos y chicas que le rodean.

 

Por ello, la libertad pedida a Dios por los que generosamente deciden ser misioneros es la libertad de los hijos de Dios, la libertad en Dios, que permite todo desapego para obrar según el corazón divino y obrar con plena disponibilidad, la que hace verdaderos hijos de María y servidores capaces de transformar la vida propia, la realidad circundante, la sociedad sin impedimentos, movidos por el profundo amor que Dios da y que no se puede dejar de compartir. Consecuentemente, los jóvenes en especial están llamados a ser LIBEROS, hombres y mujeres llenos de sentido en Jesucristo, la Sabiduría Eterna de Dios Padre, por quien alcanzamos la libertad de los hijos de Dios y en quien comprendemos cómo la verdad nos hará libres (Ver Jn 8, 31-32) pues, él mismo es la Verdad (Jn 14, 6).

 

Con el deseo de ayudar a mantener un ambiente propicio para la libre decisión de responder de cada joven al llamado que Dios le hace es que esta oración está en tus manos, para intensificar la oración por los verdaderos hijos dispuestos a responder con generosidad a Dios en el servicio de su Hijo en su Iglesia desde la vida religiosa misionera Montfortiana.

 

 

  

 

TEXTO SÚPLICA ARDIENTE

 

Invocación Inicial

 

1. Memento, Domine, Congregationis tuæ,

quam posedisti ab initio:

     Acuérdate, Señor, de tu Congregación,

     que poseíste desde el comienzo (Sal 74,2).

   Tú la llevabas en la mente

     y pensabas en ella desde la eternidad.

   Tú la tenías en las manos,

     cuando con tu palabra creaste el universo.

     Tú la poseías en tu corazón cuando tu Hijo amado,

al morir en la cruz, la rociaba con su sangre,

la consagraba con su muerte

y la confiaba al cuidado de su Madre santísima.

 

2. Escucha, Señor, los designios de tu misericordia.

Suscita los hombres de tu diestra.

Aquellos que mostraste en visión profética

a algunos de tus mayores servidores,

como san Francisco de Paula, san Vicente Ferrer,

santa Catalina de Siena

y tantas otras grandes almas

del último siglo y aun del presente.

 

 

Súplica al Padre

 

3. Memento:

   Pon en juego la omnipotencia de tu brazo

–no menguado– para sacarla a la luz

y llevarla a su perfección.

   Renueva los prodigios, repite los portentos (BenS 36,6):

haz que sintamos la ayuda de tu brazo.

   ¡Oh Dios soberano, que de piedras toscas

puedes formar otros tantos hijos de Abrahán! (Ver Mt 3,9; Lc 3,8),

pronuncia como Dios una sola palabra para

enviar buenos obreros a tu mies (Lc 10,2)

y verdaderos ministros a tu Iglesia.

 

4. Memento: Dios de bondad

acuérdate de tus antiguas misericordias

y gracias a ellas, acuérdate de esta Congregación.

   Acuérdate de las reiteradas promesas

que nos has hecho,

a través de tus profetas y de tu propio Hijo,

de escuchar nuestras justas peticiones.

   Acuérdate de las plegarias

que te han hecho tus siervos y siervas

desde hace tantos siglos.

   Que sus votos, sus sollozos,

sus lágrimas y su sangre derramada

lleguen hasta ti para implorar

poderosamente tu misericordia.

   Pero, sobre todo, acuérdate de tu Hijo:

mira el rostro de tu Ungido (Sal 84,10).

   Su agonía, su confusión y su queja amorosa

en el Huerto de los Olivos cuando dijo:

¿qué ganas con mi sangre? (Sal 30,10).

   Su muerte cruel y la sangre que vertió

te imploran a gritos misericordia,

a fin de que, por medio de esta Congregación,

se establezca su imperio

sobre las ruinas del de sus enemigos.

 

5. Memento: Acuérdate, Señor, de esta Comunidad

en los efectos de tu justicia:

Es hora de que actúes, Señor;

han quebrantado tu voluntad (Sal 118,126).

¡Es hora de realizar tus promesas!

¡Tu ley divina es quebrantada!

¡Tu Evangelio, abandonado!

¡Torrentes de iniquidad inundan toda la tierra

y arrastran hasta a tus mismos servidores!

   ¡La tierra entera se halla desolada! (Jr 12,11).

¡La impiedad se asienta en el trono!

¡Tu santuario es profanado

y la abominación impera hasta en

el lugar santo! (Dn 9,27; Mt 24,15; Mc 13,14).

   ¿Lo dejarás todo así abandonado,

Señor de la justicia, Dios de las venganzas?

¿Vendrá a ser todo, en definitiva,

como Sodoma y Gomorra?

¿Permanecerás siempre callado?

¿Seguirás soportándolo todo?

¿No es preciso, acaso, que se haga tu voluntad

en la tierra como en el cielo y que venga tu reino?

   ¿No has mostrado de antemano

a algunos de tus amigos

una renovación futura de tu Iglesia?

   ¿No han de convertirse los judíos a la verdad?

¿No espera esto la Iglesia?

¿No te piden a gritos los santos del cielo:

“¡justicia!, ¡venganza!”? (Ap. 6, 10)

¿No te dicen todos los justos de la tierra:

¡Amén!; ven, Señor? (Ap 22,21).

Todas las criaturas, aun las más insensibles,

gimen bajo el peso de los innumerables

pecados de Babilonia

y piden tu venida para restaurarlo todo:

La creación entera gime... (Rom 8,22).

 

 

Súplica al Hijo

 

6. Señor Jesús: Memento Congregationis tuæ:

acuérdate de tu Congregación.

   Acuérdate de dar a tu Madre una nueva Compañía,

para renovarlo todo por Ella

y llevar por Ella a plenitud los años de la gracia

como los has comenzado por Ella.

   Da Matri tuæ liberos; alioquin moriar:

Da hijos y servidores a tu Madre,

que si no, me muero (Ver Gén 30,1).

   Da Matri tuæ. Para tu Madre imploro:

Acuérdate de sus entrañas y de sus pechos,

y no me rechaces.

Recuerda de quién eres Hijo

y escucha mi plegaria.

   Acuérdate de lo que Ella es para ti

y de lo que tú eres para Ella, y colma mis anhelos.

   ¿Qué te estoy pidiendo?

     Nada en mi favor, todo para tu gloria.

   ¿Qué te estoy pidiendo?

     Lo que tú puedes, incluso –me atrevo a decirlo–

     lo que tú debes concederme

     como Dios verdadero que eres,

     a quien se ha dado todo poder

en el cielo y en la tierra (Ver Mt 28,18),

y como el mejor de todos los hijos,

que amas infinitamente a tu Madre.

 

7. ¿Qué te estoy pidiendo? Liberos:

sacerdotes libres con tu libertad,

   desapegados de todo: sin padre, sin madre,

sin hermanos, sin hermanas,

sin parientes según la carne,

sin amigos según el mundo,

   sin bienes, sin estorbos ni preocupaciones,

y hasta sin voluntad propia (Ver Mc 10,29; Lc 14,26).

 

8. Liberos: esclavos de tu amor y de tu voluntad,

hombres según tu corazón,

hombres que, sin voluntad propia

que los manche o los detenga,

cumplan tus designios

y arrollen a todos tus enemigos,

como otros tantos Davides,

con el báculo de la cruz

y la honda del santo Rosario

                en las manos (Ver I Sam 17,43).

 

9. Liberos: Nubes levantadas de la tierra

y llenas de celestial rocío,

que vuelen sin obstáculos por todas partes

al soplo del Espíritu Santo.

   A ellos, en parte, veían los profetas

cuando preguntaban:

¿Quiénes son estos que vuelan como nubes? (Is 60,8).

Iban a donde el Espíritu los empujaba (Ez 1,12).

 

10. Liberos: hombres siempre disponibles.

Siempre prontos a obedecerte,

a la voz de sus superiores, como Samuel:

¡Aquí estoy! (1Sam 3,16);

siempre prontos a correr y sufrirlo todo

contigo y por tu causa,

como los apóstoles: Vamos también nosotros

a morir con El (Jn 11,16).

 

11. Liberos: verdaderos hijos de María,

       tu Madre santísima,

engendrados y concebidos por su amor,

llevados en su seno, pegados a sus pechos,

alimentados con su leche,

educados por su maternal solicitud,

sostenidos por su brazo

y enriquecidos con sus gracias.

 

12. Liberos: verdaderos servidores

de la santísima Virgen que,

como otros tantos Domingos,

vayan por todas partes,

con la antorcha brillante y encendida

del santo Evangelio en la boca

y el santo Rosario en la mano,

que ladren como perros,

quemen como brasas

e iluminen las tinieblas del mundo como soles;

y que, gracias a una auténtica devoción a María,

es decir, interior sin hipocresía,

exterior sin crítica, prudente sin ignorancia,

tierna sin indiferencia, constante sin altibajos

y santa sin presunción… (Ver VD 104-105; ASE 216-217) ,

aplasten dondequiera que vayan

la cabeza de la antigua serpiente,

a fin de que la maldición que tú le lanzaste

se cumpla en totalidad:

   Pongo hostilidad entre ti y la mujer,

entre tu linaje y el suyo; él herirá tu cabeza (Gén 3,15).

 

13. Cierto es, Dios soberano,

que el demonio, como lo predijiste,

pondrá tremendas asechanzas

al calcañar de esta mujer misteriosa,

es decir, de esta pequeña compañía de hijos suyos,

que vendrán hacia el fin del mundo,

y que habrá terribles enemistades

entre esta bendita posteridad de María

y la raza maldita de Satanás.

   Pero es una enemistad totalmente divina,

la única de que tú eres autor: pongo enemistad.

   Pero estos combates y estas persecuciones

que los hijos de la raza de Belial desencadenarán

contra la raza de tu santa Madre,

sólo servirán para hacer brillar más

el poder de tu gracia,

la fuerza de su virtud y la autoridad de tu Madre,

   a quien encomendaste desde el principio

la misión de aplastar a aquel orgulloso

por la humildad de su corazón

y de su talón: Ella te aplastará la cabeza.

 

14. Alioquin moriar: Que si no, ¡me muero!

¿No es, acaso, preferible morir

que verte, Dios mío,

tan cruel e impunemente ofendido

y hallarme día a día en mayor peligro

de ser arrastrado por los torrentes

de iniquidad que siguen creciendo?

¡Mil muertes me serían más tolerables!

   ¡Envíame socorro desde el cielo o recoge mi vida!

Si no tuviera la esperanza de que tarde o temprano

escucharás a este pecador en interés de tu gloria

como has escuchado a tantos otros:

   Si el afligido grita, el Señor lo escucha (Sal 34,7),

te pediría con un profeta en forma absoluta:

¡Quítame la vida! (1Re 19,4).

   Pero la confianza que tengo en tu misericordia

me hace decir con otro profeta: No he de morir;

viviré para contar las hazañas del Señor (Sal 118,17).

   Hasta que pueda exclamar con Simeón:

Ahora, Señor, según tu promesa,

puedes dejar a tu siervo irse en paz,

porque mis ojos han visto... (Lc 2,29-30).

 

 

Súplica al Espíritu Santo

 

15. Memento: Espíritu Santo, acuérdate

de producir y formar hijos e hijas de Dios

con María, tu divina y fiel Esposa.

   Tú formaste con Ella y en Ella

la Cabeza de los predestinados.

   Con Ella y en Ella debes formar también

a todos sus miembros.

   Tú no engendras a ninguna Persona divina

dentro de la divinidad;

pero sólo tú formas a todas las personas divinas

fuera de la divinidad;

y todos los santos que ha habido

y habrá hasta el fin del mundo

son otras tantas obras de tu amor unido a María.

 

16. El reino especial de Dios Padre

duró hasta el diluvio

y terminó en un diluvio de agua.

El reino de Jesucristo

culminó en un diluvio de sangre.

   Pero tu reino, Espíritu del Padre y del Hijo,

continúa actualmente y terminará

en un diluvio de fuego, de amor y de justicia.

 

17. ¿Cuándo vendrá ese diluvio de fuego,

del amor puro,

que tú debes encender en toda la tierra,

de manera tan dulce y vehemente,

que todas las naciones

─los turcos, los idólatras, los mismos judíos─

se inflamarán en él y se convertirán?

Nada se libra de su calor (Sal 19,7c).

   Que se encienda ese fuego divino,

que Jesucristo vino a traer a la tierra (Ver Lc 12,49),

antes de que tú enciendas el de tu cólera,

que reducirá toda la tierra a cenizas:

   Envía tu Espíritu y serán creadas las cosas

y repoblada la faz de la tierra (Sal 104,30).

   Sí, envía a la tierra tu Espíritu, que es todo fuego,

para crear en ella sacerdotes totalmente de fuego,

por cuyo ministerio

quede renovada la faz de la tierra

y tu Iglesia sea reformada.

 

18. Acuérdate de tu Congregación:

es una Congregación,

una asamblea, una selección,

un grupo escogido de predestinados

que debes formar en el mundo

y de en medio de él:

Yo los elegí de en medio del mundo (Jn 15,19).

   Es un rebaño de corderos pacíficos

que debes reunir

en medio de tantos lobos (Ver Lc 10,3);

una compañía de castas palomas

y águilas reales en medio de tantos cuervos;

   un enjambre de abejas en medio de tantos zánganos;

una manada de ágiles ciervos

en medio de tantas tortugas;

un escuadrón de leones valerosos

en medio de tantas liebres tímidas.

   ¡Oh Señor, reúnenos de entre las gentes! (Sal 106,47).

Congréganos, reúnenos para que se dé gloria

a tu nombre santo y poderoso.

 

La Compañía de María

 

19. Tú anunciaste esta ilustre Compañía

a tu profeta, que habla de ella

en términos muy oscuros y misteriosos,

pero totalmente divinos:

   Derramaste en tu heredad, oh Dios,

una lluvia copiosa;

aliviaste la tierra extenuada;

y tu rebaño habitó en la tierra

que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres.

   El Señor pronuncia un oráculo,

millares pregonan la alegre noticia:

«Los reyes, los ejércitos van huyendo,

van huyendo; las mujeres reparten el botín.

   Mientras reposabais en los apriscos,

las alas de paloma se cubrieron de plata,

el oro destellaba en su plumaje.

   Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes,

la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío.»

   Las montañas de Basán son altísimas,

las montañas de Basán son escarpadas;

¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas,

del monte escogido por Dios para habitar,

morada perpetua del Señor? (Sal 68,10-17).

 

20. ¿Cuál es, Señor, esa lluvia copiosa

que has preparado y escogido

para tu heredad debilitada?

   ─Son esos santos misioneros,

       hijos de María, tu Esposa,

que debes reunir y separar del común de las gentes

para bien de tu Iglesia

tan debilitada y manchada

por los crímenes de sus hijos.

 

21. ¿Quiénes son esos animales

y esos pobres que morarán en tu heredad

y serán alimentados en ella

con la dulzura divina que tú les has preparado?

   ─Son esos pobres misioneros

abandonados a la Providencia,

que rebosarán de tus delicias divinas:

   son aquellos animales misteriosos

       de Ezequiel (Ver Ez 1,5-14),

que tendrán la humanidad del hombre

por su caridad desinteresada

y bienhechora para con el prójimo;

   la valentía del león por su santa cólera

y su celo ardoroso y prudente

contra los demonios, hijos de Babilonia;

   la fuerza del buey por sus trabajos apostólicos

y su mortificación corporal;

y, en fin, la agilidad del águila,

por su contemplación en Dios.

   Sí, tales serán los misioneros

que tú quieres enviar a tu Iglesia:

tendrán ojos de hombre para con el prójimo,

ojos de león contra tus enemigos,

ojos de buey contra sí mismos y

ojos de águila para ti.

 

22. Siendo imitadores de los apóstoles,

predicarán con fuerza y poder

tan grandes y ostensibles,

que convertirán las almas y los corazones

en los lugares en donde prediquen.

A ellos les darás tu palabra,

tu misma boca y sabiduría,

a las que ninguno de sus enemigos

     podrá resistir (Lc 21,15).

 

23. Entre esos predilectos,

tú como rey de las virtudes de Jesucristo,

el Predilecto, hallarás tus complacencias,

pues ellos no tendrán en sus misiones

otra finalidad que la de darte la gloria

de los despojos que arrebatarán a sus enemigos.

 

24. Por su abandono a la Providencia

y su devoción a María,

tendrán las alas plateadas de la paloma:

es decir,

la pureza de la doctrina y de las costumbres;

y su espalda dorada:

es decir, una perfecta caridad con el prójimo

y un inmenso amor a Jesucristo

para cargar con su cruz.

 

25. Tú solo, como Rey de los cielos y de los reyes,

separarás del común de las gentes

a esos misioneros como a otros tantos reyes

para volverlos más blancos que la nieve

sobre el Monte Umbrío, monte de Dios,

monte abundante y fértil, monte fuerte y macizo,

monte en el que Dios se complace

y en el que habita y habitará hasta el fin.

 

   ¿Quién es, Señor, Dios de verdad,

ese monte misterioso del que nos dices tantas maravillas?

   Es María, tu querida Esposa,

cuyos cimientos has colocado

sobre las cumbres de las más altas montañas. (Is 2,2).

 

   Dichosos una y mil veces los sacerdotes,

que de manera especial

has escogido y predestinado para morar contigo

en este monte abundante y divino (Ver Sal 87,1),

   a fin de que se conviertan en reyes

de la eternidad por su desprecio de la tierra

y su elevación en Dios;

   a fin de que se hagan más blancos que la nieve

por su unión con María, tu Esposa,

toda hermosa, toda pura y toda inmaculada;

   a fin de que se enriquezcan allí

del rocío del cielo y la fertilidad de la tierra (Gén 27,28),

de todas las bendiciones temporales y eternas

de que María está llena.

 

   Desde lo alto de este monte, como otros Moisés,

lanzarán, por sus ardientes plegarias, dardos

contra sus enemigos para abatirlos o convertirlos (Ex 17,8-13).

   En este monte aprenderán

de la boca misma de Jesucristo,

que siempre mora allí, la inteligencia

de sus ocho bienaventuranzas.

   En este monte de Dios

serán transfigurados con Él como en el Tabor,

morirán con Él como en el Calvario,

y con Él subirán al cielo

como desde el monte de los Olivos.

 

 

CONCLUSIÓN

 

26. Memento Congregationis tuæ

(Acuérdate de tu Congregación.)

Es tuya. A ti solo toca formar,

por tu gracia, esta asamblea.

Si el hombre pone en ello

el primero la mano, nada se hará;

y si mezcla de lo suyo contigo,

lo echará a perder todo y lo trastornará todo.

   Es tu Congregación: sí, es tu obra, Dios soberano.

Realiza tus designios totalmente divinos:

junta, llama, reúne de todos los lugares de tus dominios

a tus elegidos para formar con ellos

un cuerpo de ejército contra tus enemigos.

 

27. Mira, Señor, Dios de los ejércitos:

los capitanes que forman compañías completas,

los potentados que organizan ejércitos numerosos,

los navegantes que arman flotas enteras,

los mercaderes que se congregan en gran número

en ferias y mercados.

   ¡Cuántos ladrones, impíos,

borrachos y libertinos se reúnen

en tropel contra ti todos los días,

con tanta facilidad y presteza!

Un silbido, un redoble de tambor,

una espada embotada que muestren,

una rama seca de laurel que prometan,

un trozo de tierra roja o blanca que ofrezcan...

en tres palabras: un humo de honra,

un interés de nada, un miserable placer de bestias

que salte a la vista,

reúne en un instante ladrones,

agrupa soldados, junta batallones,

congrega mercaderes, colma casas y mercados

y cubre tierras y mares

de muchedumbres innumerables de réprobos que,

aunque divididos los unos de los otros

por las distancias de los lugares,

las diferencias de temperamento, o su propio interés,

se unen, no obstante, hasta la muerte

para hacerte la guerra bajo el estandarte

y dirección del demonio.

 

28. Y por ti, Dios soberano,

aunque en servirte hay tanta gloria,

dulzura y provecho,

¿casi nadie se alistará a tu favor?

¿Casi ningún soldado se alineará bajo tus banderas?

   ¿Casi ningún san Miguel

gritará de en medio de sus hermanos,

con el celo de tu gloria:

¿quién como Dios?

   ¡Ah! Permíteme salir gritando por todas partes:

¡Fuego, fuego, fuego! ¡Socorro, socorro, socorro!

¡Fuego en la casa de Dios!

¡Fuego en las almas! ¡Fuego en el santuario!

¡Socorro que asesinan a nuestros hermanos!

¡Socorro que degüellan a nuestros hijos!

¡Socorro que apuñalan a nuestro padre!

 

29. ¡El que sea del Señor, júntese conmigo! (Ex 32,26).

Que todos los buenos sacerdotes,

esparcidos por el mundo cristiano,

estén actualmente combatiendo

       o se hayan retirado ya de la pelea

a los desiertos y soledades;

que todos esos buenos sacerdotes

vengan y se junten con nosotros,

¡la unión hace la fuerza!,

para que formemos bajo el estandarte de la cruz,

un ejército bien ordenado en batalla

y bien resuelto para atacar de concierto

a los enemigos de Dios, que ya han tocado alarma:

resonaron, rechinaron los dientes, bramaron,

se multiplicaron (Sal 35,14; 69,1).

   Rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo;

el que habita en el cielo sonríe;

el Señor se burla de ellos (Sal 2,3-4).

 

30. ¡Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos!

¡Despierta! ¿Por qué estás dormido,

Señor? ¡Desperézate! (Sal 68,1; 44,24).

Levántate, Señor, en tu omnipotencia,

tu misericordia y tu justicia,

para formar una Compañía escogida

de guardias personales que custodien tu casa,

defiendan tu gloria y salven tus almas,

a fin de que no haya sino

un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16)

y que todos te rindan gloria en tu templo (Ver Sal 29,9).

Amén.

                                        ¡DIOS SÓLO!