mar

20

sep

2011

En la Fuente amorosa de mi vocación

EN LA FUENTE AMOROSA DE MI VOCACIÓN

Por: Edinson Herrera B., smm

Sacerdote, animador juvenil vocacional

 

Cierto día, mientras me preparaba para escribir, escuchaba la Eucaristía que celebraba mi hermano de comunidad, Ariel Aquino, sacerdote misionero originario de Filipinas; lo que me llamaba atención era que asistían niños del colegio cercano al parque central de Acacías (Meta), mientras afuera el ambiente era frío acompañado por la llovizna. Me pareció precioso el momento de la comunión, pues oía que el cantor entonaba una melodía apropiada en la que los niños respondían a coro unas partes del canto. ¡Qué maravilla, coros angélicos en el templo! –pensé-, a los que se sumaba la interesante homilía y sencillez del misionero extranjero para con los chicos. Entre tanto, recordaba cómo en mis años de infancia sentí atracción por el ministerio sacerdotal, justamente por el testimonio de otro misionero que reflejaba el rostro tierno de Dios para con todos los fieles, el P. Ramón Ramos, oriundo de Choachí, en el oriente cundinamarqués.

 

El testimonio sacerdotal de un hombre de edad avanzada me inclinó la mirada al servicio que hoy realizo y puso mis ojos ante Dios mismo. ¡Vaya agradable recuerdo de infancia! Recuerdo que se vuelve una sensación que hace palpitar el corazón con alegría y felicidad, pues me enternece encontrar en ello el amor profundo de Dios por mí.

 

Muchos hombres y mujeres en la historia nos resultan ser preciosos motivadores e impulsores de la vocación que elegimos o podemos elegir. Ellos nos muestran la maravillosa felicidad que produce el servicio desinteresado a los demás cuando ejercemos un oficio o una profesión por el Amor que emana en la propia existencia proveniente de Dios. Así, cada vocación, cada llamada experimentada por los seres humanos en particular, encuentra su raíz fundamental en el amor divino que nos hace sentir pasión por lo que hacemos en cuanto descubrimos allí la plenitud por el mismo servicio que realizamos y nos hace instrumentos de alegría, consuelo y esperanza para los demás.

 

Los niños asistentes a eucaristía con el P. Ariel ya entonces, salían del templo con su bendición a continuar sus estudios con una sonrisa en sus rostros que nos podían ocultar porque la misa estuvo “chévere” –como ellos mismos lo decían, mientras los observaba y oía desde la ventana de mi cuarto que da a la calle en el segundo piso de la casa cural. Seguramente vivieron una experiencia de encuentro con Dios y con sus amiguitos gracias a la pasión del sacerdote con quien se encontraron. No se me hará extraño pensar, que algún pequeño de estos se sienta también motivado y experimente la llamada de Dios al sacerdocio en un servicio inagotable de felicidad.

 

Ahora bien, para quienes aún están buscando qué hacer en su vida o lo están pensando, les llega como anillo al dedo, pensar en aquello que les atrae realizar y mirar a su alrededor o escudriñar en los recuerdos de su historia aquellas personas que con su manera de servir muestran pasión por lo que hacen y lanzarse a descubrir allí el amor de Dios para con ellos. Por otra parte, quienes ya ejercen algún oficio, quienes son solteros o casados, necesitan ahora mirar lo que hacen y mirar con sencillez su vida para descubrir el amor divino que son llamados a desvelar en lo que viven, ponerle cariño a lo que realizan y así poder encontrar pasión por sus ministerios, pues quienes nos beneficiamos o se benefician de ellos somos quienes experimentamos la alegría que se transmite.

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